Al principio estás ahí como recién llegada. Y no sabes nada.
No eres nada. No tienes nada especial y si lo tienes nadie lo advierte.
Un día cualquiera comienzas a fijarte en las demás; ¿qué tienen ellas que tú no tienes? ¿Qué es eso que las hace tan geniales? Entonces prestas atención a sus gestos, a sus ropas y maneras.
Y aprendes, vaya que si aprendes.
Pronto empiezas a caminar como ellas, a vestir como ellas, a descolgar sutilmente el labio inferior como lo hacen ellas mientras fijan sus poderosas miradas en objetivos que por ahora están fuera de tu alcance. Haces todo esto y parece que funciona.
Comienzas a comprender las reglas y poco a poco pasas a formar parte del todo. Te sientes bien.
Aprendes a sonreír como a ellos les gusta. Aprendes la diferencia entre un no y un no que no niega nada, a dejar caer las pestañas como guillotinas sentenciosas, a prometer en vano, a bailar sin moverte. Aprendes a esconder todo el dolor del mundo en unos tacones de quince centímetros y sobre todo, aprendes a fingir un vacío dentro de ti que no existe.
Y finalmente, tras años de aprendizaje y duro trabajo, sigues sin ser nadie. Pero ahí estás, preciosa, convertida en una perfecta copia de la portada de Vogue o Harper's Bazaar.
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