Cuando el ogro del «yo quiero» ya está domesticado,
superado, trascendido;
cuando ha reducido su tamaño y adquirido
proporciones humanas, sobreviene
la conexión con la fuente de la vida.
Cuando ha dejado de usurpar
el puesto que no le corresponde,
se abre el camino para llegar a contemplar
lo invisible más allá de lo visible,
el círculo cuya circunferencia está en todas partes
y su centro en ninguna,
el insoportable resplandor que nadie
puede mirar de frente sin morir.
© Antón Rodicio 2013
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