Tenías nombre de capital europea
y jugabas al blackjack de los adioses
con cualquiera que te dejara ganar.
Te gustaban las madrugadas
de domingo,
si la poesía se escurría
entre el vaso y la barra
de aquel bar, que nunca era el último,
por mucho tú te lo prometieras.
La "b" de Bulgaria te calaba
la sonrisa y la chaqueta
y por eso nunca dejabas de estar triste
aunque el quicio
de tus labios
quisiera volverse escalador
y coronar tus mejillas de cuentos.
Sacabas a pasear
a tus tacones y tus vestidos de encaje,
por tener una (buena) excusa
para abrir el cajón
de las medias.
Llenaste el lavabo de lágrimas
y de tragos de ginebra,
hasta que se te secaron las pestañas
y las botellas de alcohol.
"Vuelve pronto", me dijiste,
"o se inundará la habitación".
Aún a veces,
sobre todo si es de noche,
el insomnio me recuerda
que debía haberte enseñado a nadar
antes de irme.
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