Nina y yo éramos amigas desde siempre. No podría describir a ciencia cierta cuándo la conocí, pero sé que está presente en casi todas las reminiscencias de mi infancia. Tampoco podría hablar sobre muchas otras cosas, porque apenas las recuerdo, pero no importa. Sé que me cayó bien porque tenía una forma muy especial de mirar las cosas —observaba cualquier entidad como si fuera un objeto inerte. Además, todos los sábados me invitaba a merendar a su casa. A mí me gustaba porque su madre siempre tenía una bandeja plateada llena de pequeños manjares: hojaldres, rosquillas, bizcochos…, y yo, que siempre he pecado de golosa, caía fácilmente en la tentación.
Antes de merendar, Nina me cogía de la mano y me llevaba a su cuarto, situado en el piso de arriba. Me decía: «Ven, te voy a enseñar una cosa», y yo la seguía porque en cierto modo me veía arrastrada por la fuerza pasmosa de su pequeña extremidad. Me hacía recorrer los largos y estrechos pasillos hasta llegar a su habitación, donde allí me hacía dar un giro mortal y me sentaba en su gran y mullida cama.
—Ahora verás —solía decirme, y abría su extraordinario armario blanco.
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