Ella se asomaba todas las mañanas a la ventana. Se asomaba temprano y siempre a la misma hora. Siete y siete de la mañana. Era como un reloj, también como un ángel. Era una aparición divina con su halo de perfección y su mirada de seda.
Eran las siete y seis de un día nublado, frío, helador. Otoño extremo, invierno temprano. Pero él no quería faltar a su cita. Eran las siete y seis de un día nublado, qué largo se hacen los minutos cuando esperas algo. Evitaba el contacto directo, no quería mirar la ventana. Ventana escondida entre tubos y telas de arañas. Era un edificio viejo, y seguían siendo las siete y seis de un día nublado.
Una paloma se dejó caer desde las tejas, a tan sólo veinte centímetros de la ventana. Una ventana pequeña de una buhardilla en un edificio viejo con pocas vistas. Aún eran las siete y seis, y la paloma ya había desaparecido. A lo lejos, se escuchaba el ligero murmullo de una ciudad que se despierta, de las madres llamando a los hijos, de los ejecutivos ahogados en el tráfico, de los afortunados que permanecen bajo sábanas y mantas. Las siete y seis, y el reloj no avanzaba.
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