Parpadea intermitente y observa expectante, incluso se entusiasma durante algunos segundos fantaseando con la posibilidad de conocer a alguien nuevo esta vez. Pero no hay suerte, cómo va a ser. Una vez más encuentra allí a las mismas caras de siempre.
Rostros que ha visto envejecer, llorar, reír, entristecer o vibrar de emoción. Son tantos años los que ha pasado en ese lugar...
Parpadea de nuevo y recuerda el primer día, cuando Papá y Mamá la trajeron envuelta en su brillante envoltorio y con mimo la desarroparon para ofrecerle el mejor rincón de la casa, sin duda un lugar preferente.
“Aquí estará bien”, dijeron casi al unísono. Y después se besaron con ternura. Se besaban todo el rato, todo era nuevo y Mamá estaba embarazaba, veía con ella un montón de programas de cocina y escuchaban mucha música. Después, por la noche, Papá llegaba a casa y cenaban con ella, veían películas abrazados y tras una sonrisa se iban a dormir. Se querían.
Fueron unos meses geniales.
Parpadea de nuevo cuando la Pequeña, que ya no es pequeña, se levanta y se va.
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