Una estrella se le amarraba a S. a los talones. Por eso S. no era S, sino S., así, con un punto, para que todos supieran que alguien, una vez, había espolvoreado sobre ella su manta de constelaciones. Y es que ya se sabe que es más sencillo dormir si es la luna quien te arropa.
A veces, sonreía. Con ese también, claro. Y entonces un cometa se aupaba a su mirada y prometía un viaje de ida (solo de ida) a cualquier sitio que no rimara con su nombre. Y es que ya se sabe que la vuelta siempre cuesta un par de billetes de menos y tres o cuatro lágrimas de más en el bolsillo izquierdo, el que nos aletea el corazón.
S. llenaba de botellas sus bolígrafos, S. se volvía valiente de un trago. Aunque algunos martes necesitase unos cuantos más para gritar olvidos a un callejón sin salida. Y es que ya se sabe que es más difícil respirar durante esas veinticuatro horas que se cuelan entre los malditos lunes y los miércoles con eme de malabarista.
Lanzaba cigarros a las canciones y se dejaba caer en los portales para que alguien le hiciera cosquillas entre las clavículas y silenciara las luces de neón. Y es que ya se sabe que las noches sirven para esconderse de todo lo que no queremos ver, de todo lo que no queremos que nos haga llorar.
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