Hacía mucho tiempo que no sabía nada de mi amigo Hugh, así que aquella mañana me presenté en su estudio y entré sin llamar, como siempre. Busqué con la mirada algún indicio de vida humana, pero mis ojos sólo pudieron contemplar la trazada abstracta de colores ocres en montones de lienzos.
—Jodido cabronazo, ¿dónde te has metido? —Murmuré mientras sacaba un pitillo y lo encendía.
Eché un vistazo a mí alrededor mientras aspiraba el humo masivo del tabaco. Estaba claro que aquel lugar apestaba a comida pasada y que los utensilios de pintura estaban desparramados por el suelo. Si no fuera porque conocía a ese hijo de puta, podría pasar perfectamente por la morada de un enfermo mental. No pude evitar acercarme a la enorme mesa que el viejo Charlie había construido tiempo atrás para su oficio de carpintero y sentir que la pesadumbre de los años caía sobre ella: la madera estaba altamente carcomida y el barniz dorado que años atrás había embellecido el mueble, se había metamorfoseado en una especie de marrón sin vida. Si el viejo Charlie levantara la cabeza, sus ojos verdosos arderían en cólera y se arrepentiría al instante de haber obsequiado a su nieto con dicha maravilla. Emití un largo suspiro en su honor.
Comentarios recientes
hace 5 días 16 horas
hace 5 días 16 horas
hace 5 días 18 horas
hace 1 semana 6 días
hace 1 semana 6 días