Nunca imaginó que una mujer semidesnuda, que yacía sobre camas y sofás envueltos en sábanas blancas o que mostraba su tez desnuda a media luz, le tenía tan obsesionado. Y su cabezonería le estaba provocando el espiar cada uno de sus movimientos. Su mente llegaba a tal extremo de la obsesión, que necesitaba observarla, y así poder escapar de pensamientos indecorosos e impertinentes, que le hacían imaginarla vulnerable y desnuda bajo su cuerpo, cometiendo caída tras caída al abismo del sexo. Al mediodía envuelto en turbulencias y en pensamientos extraños, se aproximó a su puerta y entre luces y sombras le entregaba aquella mujer unas vistas imposibles de olvidar. Algunas dolían, otras se marcaban fuertemente entre sus piernas y otras desgarraban su alma en mil tiras como el ancla que remueve la arena al paso de un navío naufragado. No podía creer que aquella persona de la cual solo conocía su sombra comenzaba a comprender y entender cada zona de su anatomía, y le sumergía en una pesadilla de la cual jamás podría escapar.
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