Bailaba rodeando con sus brazos a su jersey favorito.
Ella, ponía su gramola y dejaba que la aguja del tocadiscos corriera cada surco grabado en los discos de vinilo en esas tardes parisinas de color naranja. Esas tardes en las que el sol se colaba como un intruso por las ventanas y dibujaba sus pasos en el mármol como garabatos difuminados. Esas tardes que olían a vino con clavo y a primavera en las nubes.
Mientras bailaba, ella se entregaba en cuerpo y alma a un ser que aun no se había hecho visible, en ese trozo de lana. Creyendo que era su príncipe de jerséis verdes y amarillos. Y el trozo de lana se aferraba a ella como si fuera su princesa de cuento de hadas.
Aquel instante se fundía entre notas, pasos y caricias imaginarias.
Y desde un rincón François con media sonrisa en la cara y los ojos iluminados como si fuera un niño pequeño la observaba embobado como bailaba su princesa de rizos pelirrojos abrazada a su jersey verde desgastado por el paso de los años.
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