Abrió un ojo, medio dormida, para comprobar que aún era de noche. Podía escuchar el sonido de las gotas de lluvia golpeando el cristal de la ventana de su habitación y se cubrió con el nórdico con más ganas.
El verano se marchaba por la puerta de detrás, sin despedirse, pero a Dafne no le importaba. Sabía que ella siempre había pertenecido al invierno. El calor la agotaba y le hacía recordar; en cambio, el invierno la arropaba cada noche con su frío y la despertaba con delicadeza por las mañanas.
Y, por supuesto, el invierno pertenecía a ella; a sus caminatas por la ciudad donde se perdía del mundo y a sus cafés cargados en la azotea de su casa. Además, el frío la inspiraba; cada día era una historia nueva y cada la vivía.
Volvió a cerrar los ojos. El invierno se acercaba, y ella era feliz. Pronto lo volvería a vivir.
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