Parte 1
La vida de pueblo no siempre resulta aburrida. Cuando era pequeña se decía que los niños de ciudad no sabían lo que era una vaca, que jamás habían visto una, y se reían a su costa. Ellos nunca habían bajado en unas escaleras mecánicas pero ni siquiera sabían que existían, asique daba igual.
En las noches de verano se hicieron mayores, o al menos eso creyeron ellos, sin darse cuenta que en realidad no parecían gente madura y respetable sino niños imitando las infantiles conductas de los adultos. El primer cigarrillo provocó toses y risas en todos, los primeros trataban de demostrar su madurez y que no temían a nada; otros, sin ganas de quedarse atrás, les siguieron en un alarde de valentía y unos pocos, la minoría, por no decir nombres, decidieron mostrar una personalidad fuerte y libre de opiniones, aunque más tarde, terminando la adolescencia, acabaron sucumbiendo al placer del reconomiento social y de la siempre eterna muletilla, por aquello de que tenerlo en la mano siempre queda más estético, cosas de la moda.
El alcohol vino después, y con él, los primeros besos, muestra del deseo de adentrarse cuanto antes en ese mundo del que siempre se habla con pasión y obsesión, como si la vida girara en torno a él.
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