Se despertó en mitad de la noche para escuchar su respiración en el oscuro silencio. Notaba su latir a sus espaldas, su respiración al otro lado de la cama. Aún así, y aunque ansiaba observar sus finos rasgos de figura de porcelana, retuvo el deseo. Permaneció espalda con espalda, sin alterar un ápice aquel instante perfecto en el que le bastaba con notar su sola presencia, su presencia cercana, incondicional, imprescindible.
Sujetaba la almohada con firmeza, con la firmeza que sujetaba su rostro al besarla o su cuerpo al abrazarla. Cerraba los ojos imaginando rodearla con sus brazos. Lo imaginaba sin hacerlo, teniéndolo al alcance de un único movimiento. Imaginaba acariciarla, y en realidad sólo necesitaba que ella estuviera ahí.
Y ella, ¿qué hace ella? Ella ni siquiera ha cerrado los ojos desde que decidieron dormirse. Todavía no se ha dormido porque a ella no le basta con su mera presencia. Ella siempre quiso más, siempre quiere más. Un beso al despertar, sonrisas espontáneas, incluso dormir abrazados. Era eso lo que ella necesitaba. Siempre más que él.
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