Mírame. ¿Quién colgaba el sol de tus pestañas mientras yo arañaba sueños en tu espalda? Supongo que sería esa, mi luna, que quedaba perfilada de aquella manera, como con la punta de los dedos las esquinas de una sábana ronca, que escuchaba el goteo de tu pulso húmedo y tú me abrazabas.
Y la noche, que empezaba a antojárseme corta, comenzó entonces a libar mis suspiros para no sentirse apartada. Y se puso a jugar con ellos, esperando que se sonrojaran sin vergüenza en el espacio que se restaban ellas; palabras asfixiadas en el cielo de tu boca.
Pero ahora, con el colchón empapado y los corazones calados, amarillas quedan las yemas que atizan nuestros cigarros cuando me dices que ojalá pase algo: “Ojalá pase algo que te retenga entre mis brazos. Algo como un vendaval que nos devuelva al pasado, justo a donde empezamos, al momento en el que tú tenías frío y yo estaba hipnotizado.”
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