Recuerdo ese día como si fuera ayer y en cambio han pasado más de dieciseis años. Fue cuando vi por primera vez los fuegos artificiales, en parte me atemorizaban por el ruido pero por otra parte me fascinaron. Vi que los colores pintaban el cielo y la ciudad, que perfilaban nuestras caras levantadas. Creía que eran estrellas a punto de caer. Pero me di cuenta de que su brillo era efímero, que sólo era capaz de permanecer durante dos segundos en lo más alto de nuestras cabezas. Por eso mi padre las captó en su cámara. Cada vez que veo estas fotografías recuerdo que estuve más de veinte minutos en silencio. Mis padres dicen que fue la primera vez que me vieron tan embelesada en algo.
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