La lluvia empapaba la mirada de Norah. Cada gota que resbalaba por sus pestañas hasta la comisura de los labios era una lágrima derramada por cada amor no correspondido en la ciudad.
El barrio empezaba a inundarse y las aceras se camuflaban bajo ríos de lodo y polvo. No eran días para pasear, así que escapó de la terraza y se tumbó en el suelo de la cocina, mientras su abuelo cocinaba para matar los años. El reloj de pared marcaba las dos y media de la tarde.
- ¿Pero en qué mes estamos? Mira como llueve - Se quejó recostada sobre el piso de mármol.
- Estamos en el mes en el que tú quieras estar - Respondió él, risueño y hundido.
- ¿Y cómo es eso posible? Tendremos que estar en un mes determinado, si no nunca nadie cumpliría años, nunca nadie celebraría Carnaval el mismo día que el resto, e iría siempre alguien disfrazado sin saberse el porqué, y nunca nadie sabría en qué estación vive…
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