En una fría mañana de 1782, una lluvia pertinaz caía desde el amanecer. La plaza central estaba húmeda, el lodo ensuciaba los zapatos, manchaba los pantalones de los hombres y los vestidos de las damas. Pero poco importaba. Desde muy temprano habían acudido para ocupar los mejores puestos. El espectáculo que iba a comenzar bien merecía la pena.
Por el Este ya se levantaba un murmullo que pronto sería algarabía. Un grupo de soldados se abría paso violentamente entre la multitud. Detrás de ellos venía una carreta con una jaula.
Atada con cadenas a una esquina, una mujer de cabello oscuro, bien formada, de tez aceitunada y ojos verdes miraba al suelo. Niniane, así bautizada, estaba demacrada y su rostro cansado reflejaba profunda resignación. Había perdido toda la esperanza.
Ya en medio de la plaza, la cautiva se sabe el centro de atención. Sin embargo siente la sensación de que alguien la observa de un modo distinto. Levanta la vista y lo ve. Allí, apartado del sordo barullo está él; alto, fornido, en silencio. Su rostro no refleja ningún sentimiento, ni un sólo remordimiento aflora en su alma, a pesar de ser el causante de toda esa desdicha. Sus miradas se encuentran y la mente de Niniane viaja al pasado...
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