Antes de que pudiese tirar una cuarta piedrecilla abrías la ventana y te asomabas, siempre igual, siempre con esa sonrisa que tanto me gustaba. Esa noche te hiciste de rogar, tuve que trepar y llegar hacia ti para que bajases, pero te rendiste fácilmente. Saliste por la puerta con un camisón blanco, y completamente descalza viniste hacia mí. Me besaste en la mejilla y me cogiste de la mano. Querías llevarme a un lugar, a un rincón que yo no conocía para sorprenderme. Caminamos en silencio bordeando la costa mientras la brisa jugaba a enredarse en tu cabello. Me pediste que cerrase los ojos, querías que fuese una sorpresa. Tirabas de mí en la oscuridad, y aunque no veía nada podía notar el intenso olor a salitre. Me soltaste y abrí los ojos, estábamos en una pequeña cala tapada por la vegetación de la isla. Te reías mientras caminabas en dirección al agua, y de pronto me miraste y te giraste, segundos más tarde tu camisón descansaba sobre la arena y tú te bañabas en las oscuras aguas. Me llamabas, me pedías que te acompañase, y yo, no sin haberlo pensado me deshice de mi ropa y me tiré al agua. Estaba caliente y muy cristalina a pesar de no haber más luz que la de la luna, pero no había vergüenza ni pudor, sólo éramos nosotros. Entre intentos de aguadillas me abrazabas y te agarrabas a mí, pero ya no éramos unos críos. Recuerdo que te estaba haciendo cosquillas y que cuando paré estábamos tan juntos que podíamos sentir nuestras respiraciones. Entonces me di cuenta de que tus ojos brillaban más de lo que creía, iba a hablar, pero tus dedos me callaron.
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