Bittersweet
–¿Por qué diablos has hecho eso?
Aproximó el aliento entrecortado al oído de Cristophe.
–Siempre supe que eras como un ángel…
Bajó la vista hacia la estaca que le atornillaba el corazón. El flujo color escarlata goteaba entre sus manos, que tímidas, intentaban ocultar la herida. Se acarició el hueco en su pecho, deslizando cada uno de sus dedos alrededor de la lesión.
Intentó acariciarle el rostro con su mano derecha, pero el dolor era tan intenso que evitó cualquier tipo de esfuerzo. Entreabrió con dificultad los ojos de nuevo y pudo observar como un hilo de sangre se deslizaba por su vientre y otras gotas de líquido rojo procedentes de su labio inferior le recorrían el mentón hasta desvanecerse entre la tierra.
Las articulaciones de las manos se le entumecieron y, en cuestión de segundos, esa parálisis fluyó por todo su ser. Los huesos se convirtieron en meros mástiles agarrotados y los músculos en una masa de barro.
Abrió los labios despacio, tan leve y lentamente que el movimiento fue imperceptible. Emitió un leve gemido de dolor y una punzada en el corazón provocó que respirase más hondo. Padecía un cansancio tan acentuado que no podía mover ninguna de las extremidades, ni siquiera podía sentir el frío que hacía en esa noche.
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Conmigo.
Y conmigo podrías tener hasta las lunas de Júpiter. Pero entonces sería yo quien se quedaría sin nada.
Agrietada. Hueca. Vacía.
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