Y tú, ¿qué llevas en el bolso?
1 - Bolso/maletín/mochila/porta-portátil
2 - Apuntes (fotocopiados, autor desconocido)
3 - Libro fotocopiado "¿Qué es la estética?" de Marc Jiménez, leído so pena de suspenso
4 - Billetera, irónico nombre teniendo en cuenta que no contiene un mísero billete
5 - Lápices, bolis y subrayadores varios
6 - Querido Diario
7 - Las llaves de casa
8 - Dispositivo de almacenamiento masivo (o eso se puede leer en la pantalla del ordenador al enchufarlo)
El armisticio
Él llegó a pie. No tenía coche y evitaba el metro. Le gustaba caminar y todo lo que conllevaba aquel hábito tan en desuso en los últimos tiempos. El progresivo cambio de escenario en cada nueva calle que atravesaba, los rutilantes personajes en cuya compañía se movía. Todo aquello le gustaba.
Ella se apeó del bus con evidente recelo. A la situación, que tendría lugar tras cuatro meses de preguerra, tiempo suficiente -y necesario- para desquiciar al espíritu más templado. Llamadas interrumpidas en el último momento, mensajes inevitables; reproches mutuos y silenciosos, otros sonoros -me atrevería a decir que ensordecedores- y dolorosos.
Batallas ganadas
Estaba sentada. Encorvada, miró a quien tenía delante. Impaciente, lo atravesó de lado a lado, de arriba abajo. Excitada, aunque no se notase más que en el azul eléctrico de sus ojos; esa mirada atravesada, violenta. Hizo amago de levantarse, pero descartó esa idea, y todo lo que hizo, el único movimiento que añadió vida a su esbelta figura, fue levantar la cabeza, esta vez con un aire definitivo, y dar a sus ojos la reafirmación de que antes carecían. A una mesa de distancia, sesenta y cuatro casillas blancas y negras, treinta y dos piezas repartidas estratégicamente en torno a aquel espacio bícromo, se encontraba él, el objeto de todo aquel desprecio, y qué duda cabe, odio. Ahí estaba el hombre que la había mantenido atada (en sentido figurado, es necesario apuntar) a aquella silla durante aproximadamente seis meses, con la única libertad que le ofrecía el sentido de la vista. Podía ver. Podía verle. Él jugaba por los dos. Conocía de sobra aquel juego, y se movía por el tablero con maestría. Ella observaba la partida, incapaz de participar, ansiando participar. Hasta ese día, el día que decidió levantarse. Lo hizo sin dar tiempo a que él soltase el Caballo, con el que estaba a punto de hacer jaque al Rey.
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