Líame un momento con este papel y esta boquilla.
En lo que dura un cigarrillo, se te pasa la vida ante los ojos. Hay miles de momentos que por efímeros que parezcan encierran una historia eterna. Una mirada antes de cerrar la puerta, el roce de su mano y la mía, cuando alguien te pasea casi por casualidad los dedos por la nuca…
Tan cortos como un suspiro, pero debe de ser el último porque me dejan sin aliento. Mi vida se pausa en esa clase de situaciones. Es un cortocircuito emocional que me deja impedida de corazón. Y de ninguna manera querría cambiarlos porque al espirarlos despierto de un coma profundo medido en pestañeos. Dos máximo. Un perfecto final para el perfecto comienzo de un cuento que empieza en el mismo segundo en el que acaba. Suena absurdo pero pasa. Parece que no porque es complicado que algo tan relevante surja y muera de repente. Podría tomar como ejemplo el universo. Realmente no existe nada más complejo y aún así estoy segura de que se hizo en un momento. Seguro que el universo se creó en lo que dura este texto. Es decir, mientras me dura el cigarrillo.
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