Sin titulo
Pudo ser como aquel hombre, que "ciego" se dispuso a ver su vida pasar en una gran pantalla de cine de verano.
Sentado entre la chica que una vez comió un helado de menta y el señor de traje gris con flor en la solapa, se aseguró de que su soledad estuviera acompañada por la soledad de otros, y así, poder celebrarla con los labios salados (detalle siempre presente en cualquier buen cine de verano de barrio).
La luz se apagó y comenzó la función. Como habría sido normal, las señoras deberían haber callado a sus nietos, los podrían haber mandado a cualquier rincón oscuro a recoger ramilletes de jazmín, los habrían acompañado a elegir el mejor helado, y éstos ante un cartel aún en pesetas habrían señalado con su dedo inquisidor. Sin embargo, eso habría sido lo normal, pero no estamos ante ese caso. Ese día la sesión se vestía con frac y guantes blancos, acompañando a su asiento al trío ya nombrado.
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