La chica diábolo
El lago azul, congelado y azul, y mis pies tambaleándose encima, y mi cuerpo blanco como esa misma tarde tambaleándose encima, y encima, mi nariz roja me hacía parecer un muñeco de nieve. Un muñeco de nieve ridículo. La ropa me sentaba como un disfraz y hacía un efecto lupa con los primeros reflejos de la luna que me daba más frío que calor, me desnudé a la vez que se acostaba el sol y deje que solo la piel me calentase. Como una foto en blanco y negro, pronto, solo se veían la noche y la nieve. Mis brazos frágiles y nevados como copos, como finas cuerdas blancas, agarraron casi sonrojándose la cintura de la chica diábolo, y comencé a bailarla, y bailamos. Terminamos juntas volando sobre el hielo, haciendo patinaje en el aire, vistiéndonos cada una con las venas de la otra. Juntas dejamos de estar juntas porque ya no éramos dos, sino una. Juntas dejamos de tener frío para convertirnos en el mismo invierno.
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