La chica pájaro
La cogí mientras volaba bajo. Cuando una de sus alas rozó con las nubes. Descendió, dañada, sin poder aterrizar. Recuerdo su mirada oscura, perdida entre miles de desconocidos. Estaba tan asustada, que me costó mantenerla entre mis brazos. Revoloteaba y se defendía como podía, pero el cansancio se posó en su cuerpo y aceptó mi afecto como cura de sus heridas.
Con el paso de los años, ella decidió regalarme sonrisas y cantos cada mañana. Y aunque sus carcajadas me picoteaban lo contrario, yo seguía viendo a la misma chica frágil, con la tristeza y el miedo como plumaje. Era tan soñadora. Siempre con la cabeza bien alta, clavando sus ojos en el cielo. No sé cómo pudo existir luz tan brillante como para cegarla, dejándola sin rumbo fijo, perdida entre los huecos de mis abrazos.
A veces la veía decidida. Y pensaba que echaría a volar de un momento a otro, pero no lo hacía.
Por las noches me quedaba observando sus alas, completamente curadas, listas para emprender un largo viaje. Me temblaba la voz, pero necesitaba saber lo que pensaba:
-Ya estás curada- dije.
-Tú me has curado.
-Bueno, yo… Y tú, que has puesto de tu parte.
Y de repente, giró su cabeza hacia la ventana.
-¿Te apetece volar?
-Sí- Respondió rápidamente.
Y me sentí mal, por no darme cuenta de que la estaba enjaulando. Por mucho que me guste tenerla acurrucada en mi hombro, ella es una mujer que necesita volar, volar muy lejos.
-Puedes irte- Dije triste –No necesitas mi permiso para abrir la puerta y marcharte. Ahora has crecido fuerte. Y nada puede rasgar tus alas. Así que vuela, vuela alto. Y no dejes que nada y nadie te ate aquí. Porque no es tu naturaleza, necesitas ascender.
-Te echaré de menos- Susurró. Y vi como lloraba. Nunca vi un pájaro llorar.
-Yo también te echaré de menos, pero no te preocupes. Estaré pendiente del cielo, por si la luz de las estrellas no te deja ver con claridad. Dejaré la ventana abierta, por si algún día quieres entrar y contarme los lugares por los que has viajado.
Y nada más terminar de hablar, me besó en la mejilla. Y se dispuso a volar, sin mirar atrás, sin dejarse caer con tanta facilidad.
Hace años que no la he vuelto a ver, pero a veces, por las mañanas, oigo su canto desde mi ventana.
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