Tampoco se lo pregunté
Algunos día no me acuerdo de aquel día. Ya no sé si se llovía o era una tarde soleada, o quizá la niebla cubría la ciudad. No recuerdo el día del mes, tampoco el año. Pero hay algo que nunca podré olvidar; ella sentada en la estación con poco más que lo puesto y una vieja maleta. Daba la impresión de que fuese demasiado pequeña para ese abrigo color brandy, para el mundo en el que vivía, por eso quizá escondía su rostro bajo aquel sombrero que tanto le gustaba.
Yo volvía de un lugar tan lejano que a veces me preguntó si en verdad existió. Ebrio de lujuria, pasión y otros pecados capitales. Volvía al lugar que me había visto nacer, a mi patria, volvía a mi Barcelona.
En mi ausencia había guardado los recuerdos junto a ella en un lugar de mi memoria. Supongo que no demasiado profundo, pues al volver a verla, cada imagen, cada beso, cada caricia, volvió a la vida. Ambos nos reconocimos al instante, tampoco habíamos cambiado tanto; todo lo que había crecido yo, parecía haberlo menguado ella. Y sin embargo seguía siendo tan hermosa como siempre.
Bajé del tren y caminé aparentemente decido hacia su posición. Levantó la vista hacia mí, aunque sus ojos parecía ver mucho más allá de lo que yo llegué a entender nunca.
-Alejandra -murmuré-, ¿eres tú?
-Sí, soy yo -sonrió tristemente-. ¿Y tú?, ¿aún eres aquel chico inquieto con ganas de volar?
-Lo soy, o lo que queda de él -confesé-. A veces estar tanto tiempo sin posar los pies en el suelo cansa -suspiré-. ¿Cómo estás? ¿Eres feliz?
-Supongo, no sé, ¿hay alguien realmente feliz en estos tiempos que vivimos?
El silencio se interpuso entre ambos.
-¿En qué piensas? -hice la pregunta equivocada.
-En aquellos días en los que nos juramos estar siempre juntos, allá por el 45 -sollozó.
-Te seré sincero, cuando cogí este tren no pensé en ti, y si lo hice pensé que no volvería a verte, o que estarías casada, que tendrías hijos... Y en cambio aquí estamos los dos, como hace años, en la estación.
-¿Volverías a coger ese tren sin mí? -me preguntó.
-No, nunca más lo haré. Nunca tenía que haberlo hecho.
Sobraron las palabras, ninguno dijo nada más, la cogí de la mano y juntos abandonamos ese maldito lugar. Volvimos a recorrer nuestra ciudad, y a caminar por la playa. Volvimos a la vida de antaño como si no hubiera pasado nada. Nunca me contó que hacía ese día en la estación, tampoco se lo pregunté. Simplemente decidimos seguir hacia delante de la mano, de la única forma que en verdad conocíamos.
- blog de Mr. X
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Comentarios
Acabo de registrarme en el hotel y leyendo relatos tan tan bonitos como el tuyo no creo que me canse nunca de pasarme por aquí.
Preciosa historia Mr. X.
(si mis lágrimas siguen valiendo algo, aunque ya llevas muchas en la lista, hay unas cuantas que se han quedado bien asidas a la maldita estación.)