Cuentos de hadas y corazones rotos.
Se encontraba sola entre la inmensidad del paisaje, con el tejado azúl y las paredes color blanco. Rodeada por árboles gigantescos, apenas se distinguía la puerta también azulada complementándose con el techo. Y aunque mis hermanos encontraban ridícula aquella casa sola en el medio de la nada, yo, por mi parte, la adoraba. La soledad era algo que teníamos en común.
Cada vez que iba de mi casa a la escuela y de la escuela a mi casa, pasaba cerca y la contemplaba, con mis pequeños ojos de niña. “Algún día voy a vivir allí” me repetía cada día. Y lo deseé con tantas fuerzas, día y noche, durante años enteros.
Ahora pienso que quizás mi vida giró en torno a ese sueño, que desde niña tuve. En torno a ese sueño y todos los demás, que de a poco se fueron cumpliendo de manera inesperada, de forma ilógica. Así como yo. Fuera de lo normal, fuera de lo común. Siempre en contra de la corriente. Y no porque lo quisiera, sino porque así había nacido. Una niña con una imaginación sin límites, soñadora y testaruda. Con ganas de vivir y superar fronteras. Y, no cambiaría mi vida por la de ningún otro, a pesar de las cosas horribles que pasé.
El viento mueve mis cabellos, color chocolate, y el frío comienza golpear mi cuerpo. Miro la hoja con un par de renglones escritos. Tres párrafos, dieciocho líneas. Y luego observo el paisaje. Los árboles meciéndose con la brisa. Todo está en silencio. Sólo el viento y mis pensamientos que se dirigen a unos cuantos años atrás, cuando era niña, cuando era joven. Cuando lo conocí a él, un día nublado como hoy. Entonces las gotas comienzan a caer sobre el tejado azúl. Tic, tic, tic. Y decido entrar, prepararme un café con canela y seguir. Seguir contando mi historia.
- blog de Melodias Agridulces
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Comentarios
Que bonito...me ha gustado mucho, la verdad, la soledad es genial cuando es algo buscado :)