La Cuentacuentos del viento
"El tiempo pasa, y quieras o no, lo arrasa todo. Gasta la piel, los huesos, la vida. Y los recuerdos. Rompe en añicos las memorias más débiles, despedaza las demás, y luego se las da al aire, siempre hambriento. Es por eso que el viento siempre te contará una historia."
Eso fue lo que me dijo Wendy la vez en que le pregunté, con los ojos verdes siempre en otro lado y las rodillas rojas de arañazos. Y una sonrisa. Eso siempre.
El viento le jugueteaba entonces con los mechones de pelo azabache, refugiéndosele en las orejas y pintándoselas rojas de frío. Ella reía. Reía bien alto, grande, amplio. Tan alto que yo creo que, en realidad, el viento vivía enamorado de su risa, y la hacía viajar para que todos la oyesémos.
Las respuestas de Wendy siempre me descolocaron, siempre supieron desandarme los irises como un laberinto. Los de ella, al contrario, siempre que hablaba del viento se encendían con esa luz que se nos encaja a todos en la pupila cuando nos embargan las ganas, el cariño, sólo que de manera amplificada. Era ese tipo de amor que sólo la inundaba cuando las hojas se mecían al viento, las alas se batían al son del aire; cuando las historias se contaban solas entre corrientes.
Las brisas, por ejemplo, que siempre le contaban cuentos de Sol y de mundos mejores. Los vendavales, de frío y de rabia. Y de estrellas. A veces de estrellas.
"No quiero crecer", me dijo un día, la chispa de las pupilas tambaleándosele en la mirada. "Cuando hoy en día una persona envejece, también se le pudre el alma. Y en las almas carcomidas no cabe la Magia. Se escapa, recula, serpentea. Hace explotar las almas diminutas, rompe las débiles, escapa por los agujeros de las rotas. Es por eso que no quiero despertar una mañana y haberme hecho mayor, Niñapájaro. Porque a medida que uno se hace mayor en este mundo, se le va desvaneciendo la Magia."
Wendy, la que no creció con libros sobre las rodillas, sino entre las historias y canciones que le iba trayendo el aire, siempre solía dejarme con las palabras colgando de los labios. Ella, que nunca usó libreta, ni boli, ni lápiz, sino que contaba sus historias en voz alta, para que el viento las recitara y las hiciera inmortales.
Nunca llegué a confesarle lo mucho que me llegaron a calar sus letras aquel día, haciéndome desear un Mundo en el que Peter Pan hubiera sido alguien corriente. Yo, que siempre había soñado con hacerme mayor.
Quizá fue la pena de su voz al hablar de la Magia, que era capaz de romper el aire.
¿Sabes? Siempre me pregunté si, cada vez que hablaba, la tristeza de sus palabras era toda suya o si parte era del viento, que le distorsionaba la voz.
Qué tonta fui al no darme cuenta entonces de que en realidad daba igual.
De que, en realidad, ambos eran lo mismo.
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