Idolatría del amor

13 Mar
Imagen de LoupGarou
Etiquetas Relato Corto

Todo comenzó en una cafetería del gran Buenos Aires. Estaba en mi tiempo de descanso, los reclamos lacerantes de los clientes todavía retumbaban en mi cabeza, el té negro bajaba por mi garganta y estimulaba mi calma. Hasta ese momento todo se pintaba de colores conocidos, pero un rostro, que iluminó la cafetería con una radiante sonrisa, cambió mi día.
Élla estaba en un colectivo, sonriendo suavemente y con una mirada cálida que complacía todo lo que la rodeaba. Nunca en mi vida había pensado en la idea del amor a primera vista, solo en ese momento, cuando la experiencia fue propia, pude entender lo que significaban esas palabras. Tomé mi saco y fui tras un taxi, no podía perderla de vista. El colectivo tomó corrientes mientras lo seguía, en un momento me vi impedido de avanzar por lo que el colectivo se adelanto lo suficiente como para perderlo, me desesperé al pensar que aquel rostro de angel se escapaba de mis manos, le dijé al taxista que continúe derecho, siguió mis instrucciones cuando en un instante determinado pude verla en las puertas de un cine.
Bajé velozmente del taxi, le pagué más de lo que debía y le dejé el cambio, entré al cine, fui directo a la boletería y compré una entrada para la película “añoranzas de verano”, había leído sobre el film en una revista y era muy recomendaba como pieza dramática, me encantaba la idea de pensar que a élla también le gustaran las películas dramáticas. Compré una gaseosa en el lobby e hice la fila para la sala 10 en donde se proyectaría la película, trate de buscarla antes de entrar en la sala pero no pude encontrarla por ningún lugar. Ingresé a la sala, la busqué con la mirada pero tampoco pude encontrarla, disentí de mis deseos de hallarla y me senté en la última fila en unas de las butacas centrales.
Comenzaron los avances, los comerciales, que tengo que consumir, como me debo vestir, alguna que otra película taquillera, otra de ciencia ficción, nada fuera de lo común. La película dio comienzo, un primer plano de una mesita de luz y un reloj despertador marcando un minuto para las siete de la madrugada, la cámara se aleja enfocando por completo la habitación de paredes beige, amueblada con un ropero y un escritorio, en donde yacían tiesos papeles escritos con una letra amelonada.
El despertador marca las siete, en un plano general se puede ver una mano femenina surgiendo desde las sabanas para apagar torpemente el despertador, élla, la que tanto buscaba, se levanta de su cama, va hacia el baño se lava la cara y se cepilla los dientes, tiene los ojos rojos y el rimel corrido, tal vez por llanto o por descuido. Se priva de su pijama, trato de no ver, pero la curiosidad me gana, veo sus pechos, sus largas piernas… de verdad es perfecta. Se pone ropa interior blanca, una camisa negra y una mini falda corta, al principio todo indica que sale a trabajar, pero en realidad hace tiempo que no consigue trabajo y lo único que le queda es perderse en un sin fin de drogas para aliviar su dolor; todavía no descifré porqué sufre tanto.
La sigo por las calles parisinas, élla parece estar recordando con cada paso que da, sus piernas cansadas de tanto caminar se detienen para descansar en un gran árbol que parece ancestral, y rendido, igual que élla. Coloca su mirada en el cielo y rememora, recuerda a su antiguo amor, aquel que murió en un trágico accidente junto a su único hijo; “los dos murieron en el acto” le dijo un policía cualquiera, nada importante en la trama; “murieron en el acto” repitió élla por sus adentros recordando las fotos de su hijo muerto en el asfalto con su cráneo roto, su mirada muerta… para élla aquella mirada hablaba sobre todo; sobre la vida y la muerte; sobre la casualidad y la desesperanza.
Pobre mi ángel amado, tan herida estaba, que con cualquiera se acostaba, ni élla recuerda desde cuando le paga a los traficantes con sexo, ya no recuerda cuando fue la última vez que se sintió orgullosa por si misma. Camina sin rumbo hasta un puente, aprieto los dientes con fuerza, me levantó de mi asiento y corro hasta la sala de proyección, golpeo por la espalda al hombre que coloca las cintas y quito la película, desde la sala se escuchan los abucheos de una multitud. Transpiro y abrazo la cinta, pienso rápido en una salida, vuelvo a entrar en la sala y me voy por la salida de emergencia, se que me persigue así que llamó un taxi para volver a mi casa.
En el camino a casa trato de no pensar en lo peor, me aferro a la cinta con la esperanza de que mis conjeturas no me lleven a un final obvio. Un colectivo cruza por al lado del taxi y ahí veo su sonrisa, una mueca de felicidad radiante celebra el fin de la pesadilla, ¿será tal vez que aquel abismo sombrío debajo de ese puente suicida, no es más que un nuevo comienzo para élla?, ¿por qué su sonrisa explota de alegría, cuando en verdad sus ojos no puede dejar de llorar?
Cuando el taxi arribó a mi cuadra me bajé en la esquina, otra vez pague más de lo que debía y le dejé el cambió. Avance rápido hasta el edificio en donde me alojaba; un conventillo no muy lujoso. Entré a casa, acomodé la cinta en la mesa, ordené las que estaban en el piso y busqué el proyector que había heredado de mi abuelo, un enfermo por el celuloide dramático. Situé el proyector en medio del living-comedor-dormitorio-cocina, y puse con cuidado la película. Sobre una sabana blanca que nunca desprendo de mi pared se proyectaba la primera escena, todo de nuevo, su cama, el despertador apunto de sonar, el viejo ropero, las paredes beige, como un deja vu volvía a vivir junto a élla su desdichosa vida. Los minutos pasaban, el final se acercaba despacio, sin apuro, élla, la que nunca se presento, la que nadie conocía, iba acercándose a su final, ¿o a su comienzo?
Camina sin rumbo, respira sin objeto, siente que es hora de acabar con su vida, comienzo a llorar, la sombra del suicidio se acerca a los dos por igual, élla porque nada le queda en el mundo y yo porque élla es mi todo. Nada tengo, solo un trabajo mediocre y la ilusión de algún día tocar sus labios. Con sus pies descalzos sube al puente, el viento golpea su cara, alborota su pelo, cierra sus ojos con fuerza, un primer plano de su rostro, su peculiar rostro de nariz pequeña y labios carnosos, abre sus ojos violentamente, me dedica una última mirada; el corazón se me vuelca, dejo de respirar, su cuerpo cae en cámara lenta hacia el agua, todo su dolor, como una bala, atraviesa mi cabeza, despierta las lágrimas y desprende de mí toda la angustia, la presión de saber que aquella mujer, tan hermosa, amada por mis sentidos, había dejado de sufrir.
Su vida termina flotando en aguas turbias, igual que sus deseos, igual que los míos.
Abro las ventanas para que la brisa me ayude a secar mis lágrimas. Veo a los transeúntes y pienso en nuestro corto encuentro, en nuestra íntima cita; en su belleza; en sus manos… Lo único que quedaba para mí era volver a mi inútil trabajo, detrás del mostrador, para que la gente escupa sobre mi cara mientras vociferan insultos hacía a mí, cuando en realidad solo tienen ganas de gritarle a alguien.
Muy tristes fueron los días siguientes.
Meses más tarde, cuando mi entusiasmo por la vida se veía pisoteado por el recuerdo de su muerte, la encontré otra vez por el cine de corrientes, inmediatamente entré para ver la película en donde estaba. Cuando comenzó no podía creerlo, inexplicable fue la emoción que sentí al verla tan feliz, con sus nuevas dos hijas, una hermosa casa, y un nuevo marido. Comprendí que su suicidio fue solo un intento y que no se pudo consumar por completo, porque estaba como nueva, tenía pelo corto esta vez, y se la veía jovial, llena de vida. La muerte puede ser caprichosa, y al parecer a élla no la tomó, solo la dejó vivir para tener una magnifica vida, con una magnifica familia.
Salí del cine lleno de alegría, ni siquiera la copiosa lluvia que se instalaba en el paisaje me entristecía, porque sabía que mi amada, la que es dueña de mi corazón y mi mente, era feliz. Caminé unas cuadras hasta llegar al videoclub, y compré la película, no quería perderme ni un detalle sobre su nueva vida.
 

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