Como un sabueso

19 Aug
Imagen de LnaXIII
Etiquetas amistad, conejo, elvispresley, finjir, hounddog, microrelato, música, sabueso, Relato Corto

Me imagino corriendo detrás de un conejo pequeño y astuto, rápido como un destello. Persigo a un conejo, pero no es como el de Alicia –blanco y asustadizo– si no más bien parduzco y valiente, consciente de una destreza y velocidad muy superior a la mía.
No consigo alcanzarle por más que fuerce mis piernas, la maleza se cierne sobre mi, bajo mis pies y en rededor. Le pierdo de vista entre los arbustos. Más que correr el condenado parece volar.
Olfateo y no veo nada, miro y no huelo nada. Sigo corriendo pero tropiezo, caigo y estallo en sollozos. Me imagino a mi misma sola en una suerte de bosque en el que cientos de conejos se ríen con desdén al calor de sus madrigueras mientras yo lloro y poco a poco muero de frío allí, en el suelo, quejumbrosa...

Vuelvo a la realidad.

Vuelvo al agobiante calor que encierran las cuatro paredes color salmón del local de ensayo, a la desgarradora voz de quien canta, a los riffs desmadrados de la clásica guitarra que suena, a un bajo ensordecedor y saturado y a una dulce pero contundente batería.
Observo la estancia durante un rato. Todos están concentrados, golpeando aquí y allí: a platos, cajas y bombos, a cuerdas y pedales. Incluso Olaia, junto a mí, está absorta en la canción, posando su mirada sobre unos y otros, meneándose ligeramente de un lado a otro.
Yo respiro hondo e intento tomar conciencia de dónde estoy y qué estoy haciendo allí, aprieto las uñas de mis manos sobre el enorme baúl de madera sobre el que estamos sentadas y regreso con ella.

Sentada a su lado estoy tranquila, no tengo nada que perder y por tanto nada que fingir.
De vez en cuando se arrima y me da un golpecito en el hombro para que me mueva como diciendo “vamos, ¡despierta!”, y yo le guiño un ojo y me muevo sin ton ni son. Porque sí, porque es agradable, porque algo parece fluir.
Es como si una especie de soledad latente de la que no se habla ni se hablará jamás fuese compartida con cada palabra o gesto que cruzamos. Como si compartiéramos un secreto. Como si ninguna de las dos hubiésemos atrapado jamás a ese conejo del demonio y ni siquiera importara.
Finjir, llorar, ese rollo no nos va para nada.

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