Puerto Paraíso
El cielo se desmigajaba, perezoso, a ambos lados de su estela. La neblina endulzaba las esquinas, los ecos de los edificios. Las agua blancas, espolvoreadas aquí y allá por la espuma de las náyades, lamían las costillas de la madera.
Irina, encaramada sobre la sala de mandos del Samarcanda, se adhería a la sal que flotaba en el aire. En mar abierto, todo resultaría más sencillo. Pero antes, antes debían encallar en esa ciudad. Se abrazó las rodillas y un escalofrío de miedo se dibujó entre sus pestañas. En diecinueve años de vida, apenas había rozado un par de veces tierra firme. El bamboleo del barco le había cantado su primera y única nana, cada tablón del casco reconocía sus pisadas. La simple idea de abandonar por unas horas la embarcación en el puerto la repugnaba: el Samarcanda era su vida, la sombra que había cosido a sus talones.
Sin embargo, ella sabía que el mar los estaba esperando. Y para Irina, para todos los que sueñan en la misma frecuencia de onda que ella, el mar es uno de esos seres caprichosos a los que no se debe hacer esperar. Bajó de un salto y su pelo, de color estrella fugaz, bailó con el viento para izar su orgullo vestido de bandera pirata.
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