Historias desde los cirros (V)

12 Mar
Etiquetas cirros, Terrón, vuelos, Relato Corto

Para comenzar a leer esta historia, tendrás que contar algunos octubres hacia atrás con los dedos de tus manos, pero no te desanimes:

Terrón no se llamaba Terrón. Ni falta que hacía. 
La primera vez que le robó la goma del pelo a Coral, él ya tenía once años, pero ella solo ocho. Sus rizos de carbón lo miraban asustados, con el terror titilando en cada mechón. Y es que Terrón le daba miedo. Cuando su mirada hosca la invitó jugar con él a regañadientes, obligado por los imperativos de un padre poco dado a las concesiones, Coral decidió que prefería quedarse en aquel sofá, tamborileando con los dedos la tela gastada. Con el transcurso de las semanas, Coral se dio cuenta por sí misma de que iba a pasar más tiempo en ese despacho de abogados que el que su madre le prometía cada noche. Así que apretó los puños y siguió tímidamente a Terrón cuando él le lanzó la acostumbrada oferta, tantas veces rechazada.
Él la llevó a otra salita de espera y se sentó en el suelo espolvoreado de alfombras. Ella lo imitó aunque sus ojos seguían destilando recelo.
—¿Sabes jugar a las cartas?
A Coral temió responderle la verdad, pensando que eso acrecentaría la desgana del chico pero finalmente masculló una negativa callada que, sin quererlo, resonó por toda la habitación. Para su sorpresa, Terrón sonrió:
—Bueno anda, pues tendré que enseñarte.
Y Coral sonrió también, guiada por un impulso reflejo. Y entonces tuvo la sensación de que Terrón, Terrón ya no le daría miedo nunca más. 

¿Que os parece si a continuación dejamos caer un par de octubres más en nuestra cuenta?

Terrón ya tiene diecisiete años pero no tiene ni idea todavía de que Coral siempre lo ha llamado así en sus sueños. Es el niño del despacho de abogados, el de las partidas de cartas, el de la mirada huraña y la sonrisa esquiva. Pero Coral ya ha aprendido que su familia es uno de esos temas que es mejor no mencionar y su padre, la palabra prohibida. Pueden pasar semanas, incluso meses sin verse y, al volver a encontrarse, sienten que se han abrazado la noche anterior. Coral ya sabe como chirrían sus huesos cuando está triste y como le revolotea la mirada si se siente a salvo. Sin embargo, no se ha dado cuenta de que las pupilas de Terrón solo se deciden a ser libres cuando están a su lado. Eso es algo que el tiempo le enseñará.
De momento, es otoño.  Terrón se ha empeñado en acompañarla a sus clases de inglés. Con ella es fácil sonreír, aunque veces la haya visto tan triste que solo hubiera sido necesario soplar para que se le partiera el alma. La deja en la puerta y una voz entre sus huesos le grita que tiene que quedarse allí. Terrón se sienta en un banco desde el que puede ver la ventana de su clase y la localiza entre su montaña de libretas, tan atenta como siempre. Él sonríe, como lo hizo seis años atrás, solo que en lugar de sentarse en el suelo, se sienta en un banco para esperar a que salga. Durante una hora no hace nada, nada más que mirarla. No mata el tiempo tecleando en su móvil, no quiere perderse ni un segundo de ella. La chica que se sienta junto a Coral le susurra entre risas la suerte que tiene, opina que Terrón no está nada mal. Ella no se había dado cuenta siquiera de que no se había movido de allí y pega un salto en la silla al verlo a través del cristal.  Coral separa excesivamente los labios para que pueda leer su mensaje ahogado entre las risas de sus compañeros y el rubor que está conquistando sus mejillas. E-res in-co-rre-gi-ble. Lo sabe. Y le encanta serlo.

Ahora me gustaría que tus yemas cuenten de nuevo, otra vez hacia delante. Hacia un presente ciego de estrellas y con los sueños más mudos del mundo. Os daréis de bruces contra una Coral a la que se le clava cada sílaba de los diecisiete entre los rizos, una Coral que ya no sonríe tanto, una Coral que ya no vuela, una Coral que ha dejado de mirar al cielo porque ya no espera nada (ni a nadie).

Terrón la ha llamado hace poco más de una hora. Mismo lugar, misma hora. Cita sin calificativos de por medio para ver atardecer, con un silencio agradable como telón de fondo. Como siempre. Coral sube las escaleras, esbozando una sonrisa triste al pensar en que solía contar todos los escalones que se deslizaban bajo sus pies. Ahora ya no lo hace, porque todo se ha vuelto rutina, todo se ha vuelto terriblemente vulgar sin Ícaro. Cae en la cuenta de lo mucho que han cambiado ella y Terrón. Antes era Coral quien venía con una sonrisa traviesa a espantar todas las nubes negras. Ahora es Terrón quien tiene que esforzarse para que sus lágrimas no la ahoguen. Él dice que es solo una mala racha. Coral lo llama invierno. 
Ha llegado arriba, el parque está tan solitario como siempre. Su mirada se pierde en torno al banco donde suele esperarla Terrón y algo se desgarra, bailando sobre sus pulmones, cuando no lo encuentra por ningún lado. De pronto, siente sus manos y sonríe sin pensarlo por saber de quién eran gracias a su tacto. Él le da el mismo beso de siempre, en la oreja, para después tirarle del pendiente y hacerla de rabiar, recordando las travesuras en el despacho de abogados de su padre. Coral se ríe como no lo había hecho desde la última vez que se vieron y lo abraza como solo se abraza a quien consideras tu casa, tu refugio. Terrón saca un pañuelo del bolsillo y mira rápidamente a Coral. Nunca se separa de aquella goma del pelo que le robó nueve octubres atrás, pero Coral jamás ha  mencionado ese detalle. Y quizá sea mejor así. Le cubre los ojos y se asegura de que no vea absolutamente nada.
—Ven, siéntate. Vamos a ver el atardecer.
—¡Pero si con esto no veo nada!
—Pues por eso. Así lo sentirás. Así descubrirás cosas que antes te habían pasado desapercibidas.

Coral se cruzó de brazos, como hacía cuando algo no la convencía. Terrón sonrió con la mirada al recordar que ese era el mismo gesto que dibujaba cuando era pequeña y pensaba que él había hecho trampas.
—Prueba a decirme qué oyes.
—Escucho tu voz. Y la mía. Y el tráfico al otro lado de todas esos escalones. Y alguien que baja de un golpe las persianas. Y el maldito tictac de tu reloj —Coral se irguió de repente—, por cierto, ¿cuándo demonios vas a usar el que yo te regalé?
—Cuando a ti deje de molestarte este —Terrón le guiñó un ojo, aún sabiendo que no podía verlo—. Encuentro, señorita, muy pobre tu respuesta. Concéntrate. Seguro que puedes hacerlo mejor.
—Acabo de oír trinar a un pajarito. Y se escuchan las campanas de alguna iglesia. Y el viento... ¡el viento está bailando con las hojas!
—Ahora háblame de qué hueles, ya sé que mi colonia es irresistible pero intenta pasarlo por alto.
—Eres imbécil.
—La palabra es incorregible.
—Pero me quieres.
—Qué remedio.
—Coral, venga, inspira y contéstame.
—Pues... Huele a otoño, a frío, a...
—¿A qué huele el otoño?
—Supongo que huele a árboles, a castañas asadas, a calor, a...
—Dilo, que no te dé vergüenza.
—La verdad es que el otoño me huele a ti —Coral notaba como se sonrojaba, pero no podía hacer nada para evitar la legión de amapolas que tintaban sus mejillas—. Me huele a volver a empezar otra vez con toda la rutina, me huele a abrazarte a ti y sentir que puedo, me huele a tristeza contenida y ahogada en su propio vaso.
—Y... ¿a qué te saben los atardeceres?
—Los atardeceres son los más agridulce del mundo. Son tristes porque llevan consigo la certeza de que para alguien, quizá al otro lado del planeta, quizá a dos calles de aquí, esta será la última vez que lo vea. Pero también me saben a ti, a paz, a contemplar todos los tejados de la ciudad y sentir que soy capaz de respirar de nuevo. 
—Y ahora, ¿querrías ver uno, sin pensar en que algún día será el último? ¿Puedo quitarte la venda, sabiendo que vas a atesorar como un regalo cada una de sus ondas de fuego en el corazón, sabiendo que hay miles de ruidos, de sonidos, de murmullos, de canciones esperando a que tú quieras fijarte en ellos, sabiendo que vas a coger aire en los pulmones y todos los olores serán nuevos para ti? 

Coral asintió y Terrón deshizo el lazo con sus dedos. Por primera vez desde que había dejado de verlo planeando entre las nubes, Coral se embriagó de su belleza, de los tonos anaranjados que se superponían espolvoreados sobre cirros de color violeta. Por primera vez, desde que Ícaro la dejó caer sin darse cuenta siquiera, Coral no sintió la necesidad de escrutar el horizonte por si él estaba sobrevolando ese parque en ese momento. Por primera vez, desde el día en que olvidó como sentirse a salvo por dentro, Coral tuvo la absoluta certeza de que ella, ella también podría aprender a ser feliz a su manera.

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