Historias desde los cirros (IV)

12 Mar

Aquel día también era martes. Con Coral todos lo eran. Ella resoplaba, escondía los mechones rebeldes que se morían por rozar sus mejillas. Y, de pronto, yo también quise no separarme jamás de ella, quise que acariciar su rostro fuera el gesto más leve y natural. Con Coral siempre te pasaba lo mismo. Te acababas volviendo loco tomando nota de todas sus pequeñas manías, pero en lugar de desesperarte no deseas otra cosa que ser uno de sus vicios, tan inconfesables como dice la canción. Me miró y el brillo de sus ojos me regaló tantas ganas de quererla que a día de hoy todavía no sé cómo no fui capaz de decirle que hubiera bailado con ella todos los días de mi vida. En ese momento decidí que no podía quedarme sentado durante más tiempo. Me incorporé y mi cuerpo se inclinó sobre el suyo. Extendí el brazo y mis dedos fríos acariciaron su pelo, guardándome para mí todo el azabache que me unía a Coral en ese instante. Mis manos se deslizaban hacia sus mejillas, pero la voz de Coral me sobresaltó, como si mi contacto quemara.
—¿Qué haces? ¡Te dije que me dejaras tranquila! Necesito concentrarme.
De pronto, toda la magia se escabulló por donde había llegado. Y eso es algo con lo que, desgraciadamente, también debías lidiar cuando tu vida discurría por el mismo carril que la de Coral. Te quería tanto que no sabía que hacer con todo ese sentimiento. La rabia que vivía en el torbellino de su interior se le escapaba cuando menos lo esperabas. Te hacía preguntarte por qué seguías allí. Por qué sus tonterías todavía te mataban a cosquillas, por qué no podías recoger todas esas historias que te quedaban por contarle y vivir un par de nubes más arriba, donde ella ya no supiese hacerte daño. Pero luego Coral te sonreía y solo esforzándote eras capaz de recordar tu nombre, tenías que pellizcarte para darte cuenta de que no era un sueño, de que ella no era un sueño.
Coral sabía regalarte lo que necesitabas a cada momento, excepto cuando ella era lo único que necesitabas.
También podría decir que hubo un tiempo en el que estaba convencido de que no había cosa más bella que los rizos de carbón de Coral esparcidos sobre la almohada. Pero sería mentir, porque lo más bonito del mundo era su sonrisa cuando su mirada se perdía en el techo, entre estrellas fugaces y lunas lejanas de las que yo no dejaba de hablarle.
Y sin embargo, un día finalmente comprendes que nada dura para siempre, que los rizos de Coral desaparecen con solo unas tijeras y que tú, tú ya no estás hecho para ella. Y es que un día llega Menta y te aferras a cualquier cosa con tal de seguir oyendo su voz. Aunque Coral se quede en el camino, aunque el remolino arrastre su sonrisa de niña, esa que esbozaba solo para ti. Aunque nunca dejes de echarla de menos, aunque algunas tardes solo te apetezca que Coral te acaricie las plumas para sentir su olor. Aunque nunca, nunca jamás deje de doler(te). Aunque cada tarde, pese a la risa de Menta, (o quizá por eso) te preguntes en qué estación abandonaste la suya, como esa maleta llena de recuerdos que te niegas a abrir para seguir volando en lugar de ahogarte.

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