Historias desde los cirros (III)

12 Mar
Etiquetas cirros, Menta, vuelos, Relato Corto

Se llamaba Menta y le gustaba perderse por su ciudad cuando la niebla se introducía por las grietas de los edificios, cuando las nubes le hablaban de la clase de sueños que ella no había alcanzado nunca. Era de esas que caminan con paso firme, dejando su huella allá donde van, de esas que se muestran seguras de sí mismas incluso cuando todo se desmorona bajo su piel erizada. De esas que no se paran a mirar al cielo para no darse cuenta de que existen lugares (y personas) inalcanzables. ¿Os cuento un secreto? Si hubiera levantado la mirada, se habría encontrado mucho antes con las alas de espuma de Ícaro. Pero no lo hizo. Y por eso fue él quien planeó para cogerla por la cintura y enseñarle que es posible imaginar tan alto como para conseguir que dejen de llorar los fantasmas que habitan entre tus huesos. Después Menta aprendió a quererlo. El tiempo la enseñó a darle los buenos días cuando su alma nocturna le contestaba con el gruñido de cada mañana, con el paso de los meses aprendió que lo más importante de todo era que su sonrisa no se borrase nunca, dejarle el espacio suficiente para que pudiera extender del todo las alas. Nunca, nunca se dio cuenta de que llevaba miles de gotas de suerte prendidas a la suela de los zapatos. Y es que Ícaro, entre cientos de ondas morenas la escogió a ella, se volvió adicto a todo eso de conseguir que su risa inundara todo el cuarto. Dejó de pertenecerse a sí mismo y comenzó a ser parte de ella. Se condenó, guardó la libertad que le daban mis abrazos en un cajón y decidió que Menta era lo que elegía para todas las noches que vinieran. En cierto modo, Ícaro se convirtió en alguien que no era Ícaro. Aún así, yo no dejé de quererlo. Por fuera seguían siendo la misma persona. Por dentro, el amor se apoderó de cada una de sus terminaciones nerviosas. Y eso le volvió vulnerable, volvió frecuentes sus lágrimas de cristal, que me arañaban hasta el corazón. Se dio cuenta de que volar ya no tenía sentido sin Menta y me fue dejando caer. Al principio, ni se enteró de que mi respiración ya no estaba ahí para darle calor. Luego, un día cualquiera se giró con los ojos empañados buscando que mis manos le acariciaran las alas doloridas. Miró hacia abajo y ni siquiera me vio. Sus ojos me traspasaron como si no estuviera ahí. Me había vuelto tan parecida a todos los demás sin tener su voz para poder agarrarme a ella, que él no encontró nada en mis pasos cansados que le llamase la atención, como había sucedido una vez años antes y en otra ocasión después, cuando se fijó en Menta desde los cirros. 
Ícaro creyó que me había perdido, que había huido de todo lo que fuimos, que había decidido que ya no quería volar nunca más. Lloró y lloró. Tanto que sus lágrimas me salpicaron aún escondida debajo de tres mantas. Y yo me vi tan incapaz como siempre de subirme al alféizar de la ventana, distinguirle entre los pájaros que oscilaban entre las nubes, silbar nuestra melodía de los martes y destilar un "te echo de menos" en mi mirada. 
Pero Menta supo hacerle feliz. Supo enseñarle a reír mil veces cuando sus alas se volvían tan pequeñas que parecía que iban a desaparecer. E Ícaro aprendió a volar más alto y más rápido sin tener que llevarme en brazos. Y un día, al igual que había sentido primero una necesidad de mis palabras, dejó de preguntarse dónde estaría yo en ese momento, mientras él les mostraba sus piruetas a paracaidistas que yo ya no conoceré. O, al menos, ese resquicio de nostalgia dejó de hacerle tanto daño. Supongo que ya solo le duele cuando se le escapa una de esas claves que solo él y yo entendíamos, esperando con una sonrisa triste y efímera que Menta también sea capaz de descifrar sus sueños con una mirada.

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