Historias desde los cirros (II)

12 Mar
Etiquetas cirros, Ícaro, vuelos, Relato Corto

Hoy Ícaro ha salido a volar por la ciudad. ¿Queréis saber por qué estoy tan segura? Será que me lo ha dicho la sonrisa de esa niña, que aún titilaba porque él le había guiñado un ojo. O tal vez sea porque miles de pequeños pajaritos se habían arremolinado para trinar la sinfonía de su nombre. Sin embargo, la confirmación definitiva llegó cuando volvió su sombra. Se posó en la azotea, como siempre. Lo supe en cuanto vi sus alas desdibujándose en el suelo, deslizándose entre las baldosas. Y también sé que debería haber dejado que todos mis miedos echaran a volar por la ventana y subir, pasito a pasito, las escaleras que llevan a ese lugar desierto donde fuimos tan felices. Pero no lo hice. Supongo que Ícaro esperó y esperó. Y después esperó y volvió a esperar. Hasta que se dio cuenta de que yo no iba a abandonar mi refugio de mantas, chocolate y alguna canción de esas que aún no huelen a nadie, hasta que se dio cuenta que yo no había vuelto a tratar de volar. ¿Sabéis lo que me duele más aún que haber tenido la felicidad a un par de metros y solo haber sido capaz de hundir la cabeza en la almohada? Que para Ícaro, para su pequeña sonrisa loca, cada minuto que pasó apoyado en la barandilla, dejando que el frío se le clavara en los huesos, fue como mil manos estrujando sin piedad su corazón. Y ese momento en que supo que yo no iba a atreverme a volar con él, se convirtió en otra de esas esquirlas que guarda bajo el ala izquierda. Otra más para esa colección de astillas que mis inseguridades, mis miedos y mis gritos crearon. 
Ícaro volvió a casa después de que yo rechazara su muda invitación, después de que yo cerrara los ojos ante sus alas abiertas, regresó a las palabras tiernas y los manos suaves de Menta. Y es que Ícaro decía que su casa era aquel lugar donde sentía que nada podía fallar. La verdad es que yo misma fui su casa durante un par de años, cuando era su preferida para contarle ese cuento de buenas noches. Pero ahora es otra risa la que le lame las heridas, la que intenta borrar una por una esas esquirlas que se clavan en sus plumas cada vez que intenta revivir como era todo eso de hablarme de azoteas, balcones y paracaidistas que le hacen la competencia a la luna.

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