La señora mayor
Los jueves el doctor Romani no atiende, menos aun si se trata de un feriado nacional. Por lo tanto, nada nos cuesta imaginar a la señora mayor sentada en el living de su casa, esperando que la infusión de tilo se enfríe un poco. No tiene apuro por beberla, pues le agrada ver cómo la taza despide vapor sobre la mesita del teléfono, donde hay también un portarretrato con la fotografía de tres nietos y una lámpara, cuya luz ilumina las contorsiones del vapor.
Piensa. Una de sus mayores preocupaciones son esos cálculos que tanto la mortifican y la tienen a zapallo hervido y verduras desde hace tiempo. Romani le ha dicho que la operación es una pavada, apenas un cortecito. Ella lo sabe. Sucede que la primera vez que entró al quirófano, por el bendito asunto de los cálculos, el efecto de la anestesia le resultó desagradable y sintió mucho miedo. Al subirle la presión, no pudieron operarla. Meses más tarde hubo un segundo intento, pero el terror a la anestesia era inevitable.
Bebe unos sorbos de la infusión y deja la taza sobre la mesita. Tengo que operarme, piensa, porque me duele y porque se me viene una pancreatitis. Bah, pancreatitis…, eso lo dijo la cuarentona del consultorio. Romani no me dijo nada de una pancreatitis… ¿Qué será una pancreatitis?
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