Nebraska
Iowa era de esas criaturas salvajes que una vez las ves, se te clavan hasta en las costillas. Tenía ese color tan peculiar de ojos que se asemejaba a la miel fundiéndose en una caldera y sus mechones dorados brillaban con el reflejo de la luna, igual que su piel pálida. Desprendía ese olor fresco, como el follaje de los pinos más altos de las laderas, y tenía esa sonrisa lobuna que era capaz de conquistar naciones enteras.
Siempre pensé que se asemejaba a ellos, a los lobos digo, era como ver a uno en las noches más claras de luna llena. En el fondo siempre tuvo alma lobuna, todos nos dimos cuenta, aunque yo tardé un poco en hacerlo, porque ni siquiera quería procesar la opción de largarme de Nebraska y no verla nunca más. Se me clavó en el lugar más inhóspito de todos, en ese órgano que pensaba que me había dejado en algún motel durante el viaje en carretera, pero me equivoqué. Iowa fueron tres días. Tres días en los que lo único en lo que podía pensar era en su constitución menuda y delgada, en la ligereza de sus pasos al andar, en la manera que tenía de mirar, de mirarme.
Nunca me dijo nada, ni un simple hola, ni siquiera me dijo adiós. Jamás la escuché pronunciar palabra alguna. Pero no hizo falta, Iowa transmitía todo con la mirada. Ni siquiera pensé en pedirle que se uniera a nuestro viaje, su libertad estaba allí, en aquellas montañas y si yo se la hubiese quitado, jamás me lo habría perdonado. Así que volví a Texas con la mochila a cuestas y la imagen de Iowa grabada en el carrete de mi alma. Dejándome en Nebraska los pedazos restantes de él y a la chica de la sonrisa lobuna.
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