Yo era inocente
…puso el café sobre la mesa, no se si estaba intentando sobornarme, quería escucharme hablar, o simplemente aburrirme con sus palabras y dejarme allí. Quería que esperase allí sentada, me hizo saber con su mirada, saber que estaría allí, demostrando que sabía donde buscar si yo, por un casual, decidía desaparecer.
Salió de la sala y me dejó sola, me cegaba la luz de aquel impertinente foco. No pude hacer más que bajar la vista a la mesa. El café estaba demasiado caliente, juraría haber visto burbujear desesperada a la cafeína intentando escapar del vaso de plástico. Nunca me ha gustado el café de máquina, supongo que fue por aquella vez, era un martes por la tarde en invierno, hacía mucho frío. Salía de clase con un café y terminé por derramarlo todo sobre mi mano hasta quemarme. No, nunca me gustó el café de máquina (…)
Y yo seguía esperando, definitivamente él quería que me quedase allí, ¿por cuánto tiempo?, pero había dejado la puerta abierta, y ninguno de los dos lo había pasado por alto, la puerta estaba abierta y me invitaba a salir, como si fuese un mensaje tan claro como el que su mirada me dio cuando resonó en mi cabeza aquel "Se buena y no te muevas".
No sabía lo que se suponía que debía hacer, no me habían dado instrucciones, por no decir que aquel desagradable no me había dado ni los buenos días. No sé si esperaba que dijese algo, puede que me estuviese observando por uno de esos cristales falsos, de los que solo se ve por un lado, pero había dejado la puerta abierta, ya habían terminado conmigo y el café estaba todavía caliente. Salí, salí de la sala, dejé el café en la mesa en el momento en el que me entró la duda acerca de si ese café era para mí…no lo había pensado antes, así que por si acaso lo dejé en la mesa en la misma posición en la que lo había encontrado.
Salí y dejé la puerta abierta tal y como estaba, todo en su sitio. Siempre fui una maniática del orden, el cosmos, no se puede alterar el orden de los elementos de la estancia, ni el orden de los hechos, así que salí retrocediendo sobre los mismos pasos sobre los que había entrado, como si rebobinase una cinta VHS hacia atrás.
Abandoné la sala, y quizás esa fue la peor de las decisiones que pude tomar en mi vida. Caminé por el corredor principal, administrativos, funcionarios seguían enfrascados en sus máquinas de escribir, algunos tomaban café y tenían conversaciones intranscendentes junto a una caja de bollos.
Del portalón de salida di a parar a la calle, sin más. Escuché un grito llamándome, me di la vuelta y se oyó un disparo. No recuerdo más de aquel interrogatorio. Yo era inocente…
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