Cuento corto. Primera parte.

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Jue, 25/02/2010 - 00:00 — elefantcromatique

Yo estaba en el asiento continuo, Renzo conducía a más de 140, siempre que tomaba le daba por ahí, como si la velocidad fuera su única válvula de escape. Y yo lo acompañaba, me acomodaba pasivamente, apenas con algún quejido por lo bajo, a esa postura de madre condescendiente, de madre protectora que le acaricia el hoyito de la nuca con la yema de los dedos; porque en esos momentos si Renzo no tenía una mujer al lado no podía seguir, se ponía violento, lagrimeaba, como si la mujer fuera el ingrediente esencial para no perder la compostura, para no irse tanto para el otro lado. Siempre me había dado miedo dejarlo solo cuando estaba así.
Pero no se trataba de hablar con él, de mantenerlo ocupado; en momentos así nunca hablábamos, nos limitábamos a fumar y mirar la calle que nos iba abandonando. Él siempre con ese gesto de angustia, con la mirada enferma y fija en el vacío. Creo que ni siquiera miraba la calle, conducía por instinto, conocía tan bien la ciudad como a la poesía de Dante. Por esas épocas yo era una inconsciente, apenas me daba cuenta de la policía que escoltaba las calles, del posible choque que hubiéramos podido tener, se trataba como de una especie de devoción ciega por Renzo, en realidad no era sólo devoción, era el deseo de acompañarlo, de curarlo de toda esa mierda. Por eso el resto me parecía tan secundario, tan poco elemental.
Íbamos en el coche y yo me quedaba callada, buscaba no impacientarme, si él te sentía el miedo todo se iba al carajo, miedo por su situación, por su mirada enferma quiero decir, porque a mi poco me importaba lo que marcara el velocímetro en esos días. Si él me sentía el miedo todo se iba a la mierda decía, porque se lo transmitía, o lo recreaba, lo alimentaba. Y Renzo funcionaba como cualquier pendejo, se volcaba en la mujer que tuviera al costado, buscando volver al vientre si fuera posible, acurrucarse otra vez ahí, a salvo de todo lo demás, maldiciendo por lo bajo por saberse conocedor del fraude.
Lo que venía después oscilaba entre lo bello y lo amargo, en aquellos momentos pensaba que la Belleza tenía que revelar ineludiblemente esa dualidad, que de eso se trataba. Cuando Renzo se calmaba cambiábamos de disco, previo a ese momento escuchábamos a Deep Purple o a Metallica quizá, después él me decía mediante el gesto suave de apoyarme la mano en la entrepierna que ya estaba mejor. Entonces yo buscaba en la guantera hasta encontrar algo de Dylan o de Billie Holiday, él iba pasivamente reduciendo la velocidad y cada tanto me miraba con esos ojos en estado de tregua, como viviendo un entreacto. A mi me gustaba mirarlo, me detenía en la camiseta blanca que se arrugaba por el viento, en el cuello tan bien constituido, tan bien modelado, en el perfil aguileño que se recortaba en la ventana. Lo miraba con una devoción absoluta, con una entrega total, con una docilidad casi patética y él lo sabía. Lo sabía y era ese engranaje de mi veneración fanática y su pausada adaptación al papel de hombre deseado, deseado y como tal invitado a la quimera, lo que conformaba nuestro ritual.

Comentarios

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elefante?

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sí, elefante sí. Perdida,

sí, elefante sí. Perdida, pero elefante.

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