Insomnio
Lo hicimos. Ardimos.
Tú dijiste, vamos a hacerlo. Y yo cerré los ojos.
Entonces, empezamos a contar las palabras y a relatar verbos qué nos inventamos, así cómo una nueva conjugación que creamos al azar. Sentimientos que estallaban y trozos de poesías reconvertidas en melodías.
Ninguno de los dos creía en ello, pero después de una buena copa de vino-dijiste-todo puede empezar a romperse. Ardió Tokio. El Tokio Blues, el triste, el intenso, el excitante. Dibujé las calles de París en tu espalda para que pudieras recordarlas si algún día viajas allí. Lo fácil que es soltarse de la mano en el metro y de como todo allí se traduce en arrondessiments, en forma de reloj, en espiral. Te conté mis recuerdos sobre como encontrarnos en una ciudad nueva y desconocida, de cómo hacerlo en lavabos públicos, o de llamadas misteriosas.
Te conté todo aquello que pude inventarme en los treinta segundos antes del éxtasis. Todo aquello que una chica con recursos puede hacer. Mientras tu recorrías mi cuello con tus labios y yo no pensaba en soltarte, ni que fuera aquello el fin de la noche. Un alo de música se colaba en la habitación y el olor a lluvia fuera, inundando tus persianas, nuestros cimientos.
Luego susurraste aquello en mi espalda y pensé que era la forma más bonita de decirle a alguien "tú, me gustas". Y nos imaginé juntos, subidos en un tramvía en Lisboa o Istanbul, da igual. Haciendo montones de fotografías, creando lugares perfectos, contrastes y brillos. Tomando cafés con leche en cafeterías con nombre español. En la playa, con arena en los zapatos y mar en el alma.
Me preguntaste, si ésta era la forma perfecta para arder.
Contigo, aquí. Si-dije.
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