IV. Con el estómago vacío
Hay cosas que no deben hacerse con el estómago lleno. Son cosas asquerosas, o simplemente demasiado sórdidas para que la sensibilidad humana las aguante. La consecuencia directa es una náusea; la indirecta, un malestar que puede durar días. No se trata de un malestar físico, el vomitar deja atrás todo eso. Se trata de un vacío, uno mucho mayor y más vertiginoso que el que ha quedado en el estómago. Un vacío sublime.
Era la primera clase práctica de Rubén y no imaginaba que fuese a afectarle del modo en que lo hizo. Se trataba de un cuerpo humano, un cadáver. Un muerto. Todo resquicio metafísico que pudiera haberlo habitado estaba desaparecido. Cada milímetro estaba tan frío como un témpano, todo él había perdido su color natural. Vale, el color que ahora tenía también era natural, natural para un muerto. Lo que Raúl quería decir es que carecía de naturalidad. Carecía de todo.
Al principio la cosa fue bien. Había visto hacerlo infinidad de veces, lo había leído y lo había escuchado contar. Al contrario que algún compañero más aprensivo, no le preocupaba no estar a la altura de las circunstancias. El profesor le indicó que diera un paso al frente y se pusiera a su derecha. Debía seguir sus instrucciones. Eso hizo. Bisturí en mano, hizo su trabajo. Mujer, treinta años aproximadamente. Causa de la muerte: sobredosis.
Vio cómo el profesor le daba la espalda para escribir su evaluación en una libreta. Sus compañeros empezaron a recoger sus cosas. La clase había terminado.
En cuestión de minutos se quedó solo. No exactamente, pero él era el único vivo. Se quedó como un tonto absorto en la contemplación del cuerpo de la mujer. Era guapa, o lo había sido. Entonces se dio cuenta. Él la conocía. Hace un par de días se había fijado en ella mientras esperaba al bus; ella estaba en la acera de en frente, esperando al bus que iba en sentido contrario. Sí, había sido muy guapa. De hecho, había estado muy buena.
La curiosidad le obligó a levantarle los párpados. Se preguntaba una cosa. La miró a los ojos. No había nada dentro. La tía buena, la chica guapa, se había marchado. Voluntariamente, según la autopsia.
Entonces vomitó. Vació el estómago de comida, y poco a poco, desde ese momento, se ha ido llenando de miedo.
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