Festival de música en tres movimientos (III)
Adagio
El último día amanecerá nublado. No importa, porque el sol habrá cumplido. Lo que fue un campamento retomará su función original, y la vida silvestre volverá a interpretar sus obras habituales. Interpretará sonidos de rutina, canciones de una naturaleza, más que salvaje, acomodada. Es justo decir que los provisionales habitantes de los últimos cuatro días habrán sido más salvajes que la propia fauna. La flora, en su eterna diplomacia -y estoico sacrificio-, habrá soportado a ambos con la misma elegancia. Pasados unos días, la hierba volverá a ser verde y la tierra olvidará haber sido pisada -y pisoteada-. Uno y otro recuperarán el ritmo acostumbrado, la dócil cadencia de los días, y esta será toda la música, toda la cuerda, percusión y viento, que les acompañará hasta el año siguiente, cita obligada para quienes quieran interpretar de nuevo su desquiciado concierto. Desquiciado concierto de juventud.
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