El armisticio
Él llegó a pie. No tenía coche y evitaba el metro. Le gustaba caminar y todo lo que conllevaba aquel hábito tan en desuso en los últimos tiempos. El progresivo cambio de escenario en cada nueva calle que atravesaba, los rutilantes personajes en cuya compañía se movía. Todo aquello le gustaba.
Ella se apeó del bus con evidente recelo. A la situación, que tendría lugar tras cuatro meses de preguerra, tiempo suficiente -y necesario- para desquiciar al espíritu más templado. Llamadas interrumpidas en el último momento, mensajes inevitables; reproches mutuos y silenciosos, otros sonoros -me atrevería a decir que ensordecedores- y dolorosos.
A los dos les dolía el pecho. Los nervios acumulados durante los días de espera hasta la fecha señalada. Hoy. Un día soleado, ironía de la naturaleza, sarcasmo de la casualidad. Se saludaron con dos besos que cayeron como granadas sobre las mejillas de cada uno (las de él socavadas por el abuso del tabaco; las de ella enrojecidas a causa del llanto crónico). Podían haberse sentado a una de las mesas de madera que había diseminadas en aquel parque, que hasta no hace mucho imaginaban como el lugar donde irían con sus hijos cada domingo a comer tortilla y jugar a la pelota; pero se quedaron de pie, sin saber muy bien qué hacer, teniendo en cuenta que su imaginación nunca los había llevado a aquella clase de domingo. El olfato de él se dejó seducir por el inequívoco olor a comida campestre que una familia bien avenida disfrutaba en una mesa cercana; el temperamento de ella se encendió al recibir en la cabeza el golpe de un balón de plástico. Mientras él devolvía el arma inesperada a los niños que jugaban con ella, la enfurecida herida ponía todo su empeño en reprimir el deseo de devolver el ataque.
-Solo era una pelota de plástico -dijo él restando importancia al asunto.
-Que no haga daño no significa que tampoco moleste.
-¿Has traído mis cosas? -preguntó él dejando correr el último comentario y todos sus potenciales significados. Ella respondió haciéndose a un lado, descubriendo una caja de cartón que su cuerpo había tapado hasta entonces. Estaba cerrada, pero él ya sabía qué había dentro. Sus cosas. Cosas suyas. Se adelantó para cogerla, pero ella se interpuso.
-Oye... -dijo ella, dejando lo que fuera que iba a decir en suspenso.
Él agachó la cabeza y levantó las cejas, lo que traducido al lenguaje verbal era un apremiante ¿qué? que no encontró respuesta.
-Está todo -apuntó ella finalmente.
-Seguro que sí.
Tomaron direcciones opuestas. Y eso fue todo.
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Comentarios
Pues qué pena, los
Pues qué pena, los amisticiados deberían morir por causas naturales...
(Si deben morir, claro)
Quizá haya algo dentro de la
Quizá haya algo dentro de la caja. Otra cosa, que le haga volver.
(Me uno a Mandarina en eso de "esperanza de que tomara otro giro).
P.
Nunca se sabe! ;)
Nunca se sabe! ;)
Vaya... tenia la esperanza de
Vaya... tenia la esperanza de que tomara otro giro ¬¬ :D
Últimamente no estoy muy en
Últimamente no estoy muy en modo finales felices :S