Batallas perdidas

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Dom, 27/11/2011 - 22:04 — Derreuve

Cogió el arma del cajón donde había estado guardada los últimos meses, desde que la decisión de usarla irrumpiera en su corazón y, poco después, en su cabeza. Midió su peso en la mano derecha, haciendo algún que otro movimiento de prueba, buscando la comodidad del instrumento entre sus dedos ya relajados. La rigidez que antes mostraban, casi como un irónico rigor mortis, se había mutado definitivamente en determinación. Levantó los brazos. Con la mano izquierda aseguró el pulso de la derecha, la mano ejecutora, y agachó un poco la cabeza para enfocar la vista a través del punto de mira. El párpado del ojo izquierdo cubría su conciencia; el ojo derecho, marcado por la flexión del ceño fruncido, miraba hostil hacia un punto concreto en la anatomía de su objetivo: su corazón. Su vida.
Antes de apretar el gatillo se recreó en el gélido tacto de este, la curvatura metálica que llevaría su firme deseo al plano de los hechos consumados.
Disparó.
Esperaba satisfacción, incluso regocijo, pero se encontró con un enorme vacío producto de la rapidez con que había sucedido. La reacción, pues, se hizo esperar, y, mientras la víctima, él, empezaba a notar que un nuevo agujero se había abierto en su cuerpo, el verdugo, ella, cerraba una herida que llevaba mucho tiempo sangrando sin la menor señal de mejora; una herida infectada, que, a pesar de su mal estado, no había supuesto inmedimento alguno para devolver el golpe de forma certera.
Él, todavía en pie -con la mano en el corazón por primera vez en su vida, aunque por razones equivocadas- la miró a ella en la lejanía y, sabiéndose merecedor de aquella sentencia, se desplomó sin la menor resistencia. Así como se dejó caer, se dejó morir. Pero antes pudo ver cómo el arma efectuaba un último disparo, atravesando la frialdad de la mente de ella, que despidió un interminable charco escarlata, tan caliente como el suyo, que lo inundó todo. Era el fatal resultado de un sentimiento equivocado.
A pesar de la distancia que separaba ambos cuerpos heridos, los regueros de sangre llegaron a encontrarse en un punto intermedio, formando un único charco de rencor; y él, todavía vivo, esperando la inevitable despedida de todo y, especialmente, de sí mismo, alargó un brazo hasta que su mano se tiñó de rojo, el color resultado de una macabra mezcla entre él y ella, que de nuevo, de una forma terrible, volvían a estar juntos.
Extrañamente satisfecho cerró los ojos y, al abrirlos de nuevo, mientras se quitaba la camiseta empapada, su primer pensamiento fue ella. Se planteó la posibilidad de llamarla. No sería la primera vez que la despertaba en mitad de la noche desde la ruptura. Recordó el sueño que acababa de tener, y comprendió que se había acabado. Estaba bien. Después de todo, la máxima consecuencia de todo aquello era despertarse de vez en cuando sobre un charco de sudor. Y, qué duda cabe, sudar duele menos que sangrar.

Comentarios

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Gracias chicos!

Gracias chicos!

Imagen de H.Gasoline

Joder... Tienes frases muy

Joder... Tienes frases muy bonitas para este drama tan fatal. Y la última frase.... Olé!

Imagen de velvetrose

Como de costumbre:

Como de costumbre: insuperable. Parece increíble que pueda haber tanta belleza en una descripción así. 
Parabéns!

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