Batallas ganadas
Estaba sentada. Encorvada, miró a quien tenía delante. Impaciente, lo atravesó de lado a lado, de arriba abajo. Excitada, aunque no se notase más que en el azul eléctrico de sus ojos; esa mirada atravesada, violenta. Hizo amago de levantarse, pero descartó esa idea, y todo lo que hizo, el único movimiento que añadió vida a su esbelta figura, fue levantar la cabeza, esta vez con un aire definitivo, y dar a sus ojos la reafirmación de que antes carecían. A una mesa de distancia, sesenta y cuatro casillas blancas y negras, treinta y dos piezas repartidas estratégicamente en torno a aquel espacio bícromo, se encontraba él, el objeto de todo aquel desprecio, y qué duda cabe, odio. Ahí estaba el hombre que la había mantenido atada (en sentido figurado, es necesario apuntar) a aquella silla durante aproximadamente seis meses, con la única libertad que le ofrecía el sentido de la vista. Podía ver. Podía verle. Él jugaba por los dos. Conocía de sobra aquel juego, y se movía por el tablero con maestría. Ella observaba la partida, incapaz de participar, ansiando participar. Hasta ese día, el día que decidió levantarse. Lo hizo sin dar tiempo a que él soltase el Caballo, con el que estaba a punto de hacer jaque al Rey. Se levantó, y de un manotazo tiró al suelo la mesa, a la que estaba adherido el tablero. Las fichas volaron, y, en el aire, chocando unas contra otras, girando caóticamente en una nube de marfil, daba la impresión de tratarse realmente de una batalla, que se estaba librando con la misma fiereza con la que la pareja de jugadores llevaba demasiado tiempo tratándose en silencio. Él se limitó a sortear los golpes que ella intentaba propinarle, hasta que uno le alcanzó, y fue el impacto de dicho golpe lo que la vomitó a ella -y no a él- fuera de su propio sueño. Se incorporó, se frotó la cara empapada en sudor y, antes de volver a abrazarse a la almohada en busca de un nuevo sueño, uno más agradable, se felicitó a sí misma por el cambio que empezaba a notar. Un cambio casi inapreciable, pero firme, para bien. La imagen de su exnovio la asaltó una vez más, esta vez como un débil espectro, y poco después volvió a quedarse dormida.
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