Como una de esas casualidades inesperadas

29 Jul
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Etiquetas la tragi-comédie humaine, relato, Relato Corto
BrendaAllen http://www.amateurshotel.es/

La lluvia atacaba intermitentemente los opacos cristales del taxi. Avanzaba con dificultad entre la maraña de tráfico urbano, destapando tarros de bocinas enlatadas y estridentes maldiciones. Las motos descargaban su furia por el tubo de escape, escabulléndose como forajidos del lejano oeste, huyendo bajo el encapotado cielo gris. Dentro de siete minutos tendría que estar elevándose en el ascensor del Chrysler Building hasta la planta 43, pero iba a llegar tarde. Tampoco le importaba. Se encontraba sumida en una lucha de desgaste entre sus ansias liberadoras de explotar cósmicamente, de correr rompiendo el asfalto bajo sus pies, cortando el aire en pedacitos diminutos y de dejar que las gotas le acariciaran de forma imparable la piel, y entre su sentido de la responsabilidad, la eterna emoción desaparecida e inexistente, sabiendo que ya no hay marcha atrás, pero que tampoco puede darle cuerda al futuro, sabiendo que el mañana ya está irremediablemente sellado. En el impulso de un corazón roto, se tocó la cicatriz de tinta que saludaba con murmullos desde su muñeca. Esa clave de sol que marcaba su piel le hacía sentir en la punta de los dedos la dulzura de los días trascurridos y por trascurrir.

El tiempo seguía avanzando. Quedaban cinco minutos exactos. El sentimiento era tan abstracto que la risa no quería salir de su escondite, no se asomó por su garganta para escalar hasta el rabillo del ojo y burlarse de todos en el pico del mundo. El frío se colaba en su espalda y los nervios desfilaban militarmente por sus labios. Y en la dramatización cumbre de la soledad, recordó que ésta sólo era una metáfora existencial. Dentro de ella, y desde hacía casi seis meses, un pequeño corazón le regalaba todo el calor que a ella le faltaba. Era el rescate de sus pupilas, el cotidiano salvamento de un frío día en los Alpes. Estaba más gorda y le costaba más caminar. Sus piernas y sus pechos se habían cubierto de estrías y el desfile de comida basura había subido el telón hacía ya tiempo. Pero notaba la vida. Notaba ese fuerte vínculo irracional de insomnes pasatiempos, en los que el único fin era jugar a destaparse ante la otra persona. Mientas su voz melosa hacía danzar las notas musicales, el pequeño bebé que se refugiaba en su interior, le acariciaba el vientre por dentro con sus pequeños y diminutos pies. Aunque las ecografías no le permitían ver el color de su cabello, ni el rosado de sus mejillas, cuando cerraba los ojos veía con nitidez sus pupilas chocolate y la tersura de su piel.

Pero en aquel lúgubre escenario lo único que necesitaba era una sesión de pellizcos para despertarse y una buena bofetada de mamá. Estaba secuestrada por un color sepia que había pasado ya de moda hacía años, y que no le dejaba percatarse de los estridentes colores de su realidad. Sus gafas de pasta empañadas por el vaho de su respiración necesitaban urgentemente un limpiaparabrisas potente y su corazón un barniz anti-destrucción. Los papeles ya estaban firmados y no había fianza valida por los posibles desperfectos. A veces creía que hubiera existido una forma más corriente de conseguir el dinero y que no tendría que haberse metido en ese cuento sin final feliz. Otras en cambio, tenía el impulso de enviar esos seis mil quinientos cochinos dólares que bostezaban su cuenta bancaria en un billete de ida sin vuelta. Creía haber encontrado el error más bonito de su vida, se empeñaba en que no podría existir nada mejor más allá de cualquier arcoíris. Pero necesitaba ese dinero más que respirar. Pensó que esto iba a ser más fácil, que no le dibujaría ningún tipo de afecto a esa personilla que habitaba su cuerpo. Pero con el día a día, no pintó un lienzo, sino que fue la artífice de un enorme mural. Sabía que cuando llegara el día y entregara al pequeño a sus padres legales, se le desgarraría el alma en mil pedazos que se perderían en la memoria, sin posibilidad alguna de ser encontrados. Su vientre era solo un local alquilado, era simplemente un lugar de paso. Y el amor que le daba era pasajero y silencioso, tan delicado como las casualidades. Su amor sería como una de esas casualidades inesperadas, de las que no dejan huella.

Por fin el taxi se detuvo frente a la puerta principal. Hacía dos minutos que debería de haber estado en la oficina del abogado Rivers. En un amago de sonrisa que se escondía detrás de los dólares que había costado la carrera, Clementine se encapuchó en sus pestañas y se dispuso a finalizar los trámites que la dictaminaban exclusivamente como madre de alquiler.

Él iba a ser lo que nunca tuvo. Pero el único en regalarle una pizquita de verdadera felicidad y un rayito de sol para los días tristes.

Comentarios

Imagen de dinoscomosobrevivir

Muy lindo :) (con la música de fondo queda genial)

Imagen de BrendaAllen

Muchas gracias :)

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