Con gafas de sol
En el exilio de su escalera me dí de bruces con tu cicatriz. No me saludó. Ni yo a ella, todo hay que decirlo. Pero nos miramos. Como se mira a alguien que conociste y te importó. Y no ha dejado de hacerlo, porque nunca lo hacen. Aunque ya no de la misma manera, claro.
Al doblar la esquina su cuello se me antojó de plastilina, y su mirada de agua. De pronto me ahogaba, como cuando una ola te pilla desprevenida y te atrapa, y ya no hay manera. Y te dejas, hasta que encuentras el aire al que agarrarte para no seguir dando vueltas en su espiral rizada...
Salí a la calle con el pelo aún chorreando agua salada, en Madrid, y me lo recogí; me anudé los extremos de la camisa blanca, entonces transparente y me puse el abrigo. Las gafas de sol se las quedó ella, yo no quería pero no lo pensé mucho y cedí, las necesitaría más que yo. Sin mediar palabra, allí estábamos ella y yo, pretendidas desconocidas.
No todas las cicatrices pueden presumir de llevar gafas de sol y no llamar la atención.
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