I was such an idiot.
Fui un completo imbécil. Julia podría haber sido más que un beso de desayuno tras una fiesta muy larga. De hecho lo sabía, y a pesar de ello, no hice nada. Fundamentaba mi decisión de mantenerla apartada en la paz de mi rutina sin contratiempos, alcanzada tras muchos calendarios en soledad. Mis nunca saciadas ansias de libertad se convertían en un cosquilleo que me dilataba la aorta y se extendía hormigueante por mi organismo cada vez que entraba a algún bar. Olisqueaba como un sabueso el humo, el denso perfume; detectaba la fricción de los tejidos contra las pieles femeninas, y aquel ligero cosquilleo devenía un latido fuerte y acompasado. Bum. Bum. Bum. Benditos veintitrés años.
Y entonces, Julia.
Apareció de la nada. En la posteridad llegaría a pensar que Julia había nacido para aparecer sin más entre nosotros, un diciembre no excesivamente frío. Se acostumbró a venir al Tide todos los sábados enfundada en sus americanas marinas, grises, marrones, siempre en colores monótonos, siempre en el color de sus estados de ánimo. Aunque todos lleváramos chupa. Aunque no le gustara la música. No lo dijo, pero sé que se aprendió las canciones del Tide sólo para poder cantarlas a pleno pulmón. Porque ella siempre ardía en deseos de gritar hasta que su voz se apagara como un fósforo ennegrecido. Para gritar así hay que guardar dentro monstruos. Monstruos, y pesadillas.
Que las pesadillas la perseguían me lo contó ella, una tarde concreta en la que me arrastró a un decrépito parque, de los de condón y jeringuilla. Se meció en el columpio, las palmas manchadas de óxido, los ojos tachados por la mirada triste del venado.
—Estoy triste, Nils.
¿Por qué no quise hacerla feliz? Entonces no me importaban ni ella ni sus angustias. Pero ahora me lo pregunto a menudo.
Dejé que se marchara. No en sentido metafórico sino literal. Un día de septiembre se despidió de todos con dos roces de labio en la cara y la sonrisa contrita del ya nos reunirá el camino. Cuentan que es feliz. Que llegará lejos. Nos llegan noticias de sus hazañas y nos llega ella misma, en Navidad y Pascua, con las mismas chaquetas lúgubres que ahora han conocido otros tactos. Nos habla de una ciudad que es cien veces esta ciudad.
En días como hoy, miro a Fitz y a Ada, a Joachim y Melissa, incluso a Sheena enamorada y pienso: joder. Si se lo hubiera pedido, tal vez Julia se hubiera quedado. Podríamos haber visto películas en el sótano o haber perdido el control en el asiento trasero. Hasta nos habría dado tiempo a enamorarnos. La libertad deja de ser atractiva por un momento. El mismo momento en el que pienso que sí. Que fui un completo imbécil.
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