Una niña de pequeñas manos
Y llegamos y nos sentamos espectantes.
Aquella cara plagadísima de pecas nos hablaba con la garganta maltrecha, pero con una voz tan dulce, que pareciamos estar escuchando música brotada directamente de la tierra recién llovida.
Hoy lo entiendo.
Hoy sé que no podía ser de otra forma: de la tierra había brotado no solo su voz, sino también su temperamento ácido, su manera de sentir, sus tirabuzones y ese aura de canela y limón. Es el retrato risueño de cualquier diosa pagana, siempre apegada a la naturaleza y a la honestidad.
No sé donde estarás de aquí a cinco años, ni sé dónde estaré yo, pero sigo dispuesta a llorar contigo cuando nos dejen solas y a reir contigo cuando vengan los recuerdos alegres.
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